El secreto de Puente Viejo

La jornada de trabajo en ‘El secreto de Puente Viejo’: el pan de cada día


Puente Viejo es un pueblo fiel a sus costumbres. Bueno, a sus costumbres y a su trabajo. Y es que en los años veinte, a pesar del surgimiento de nuevos e innovadores puestos en el mercado laboral, la mayoría de los habitantes del lugar (especialmente los de mayor edad o aquellos más arraigados a la tradición popular) se dedicaban a trabajar durante toda su vida en los oficios tradicionales. La sirvienta, el jornalero, la tabernera, el capataz, la costurera, el granjero… ¿Quién no ha oído hablar alguna vez de ellos? De un modo u otro, todos han contribuido con su granito de arena para ser recordados a lo largo de los años y el tiempo.

Por regla general, los hijos recogían el testigo de sus progenitores y se dedicaban a los mismos trabajos que ellos. No era extraño ver a los padres enseñar el oficio a sus hijos desde pequeños, ya fuese usando herramientas, utillaje o alimentos (este último, sobre todo, en el caso de oficios femeninos o amas de casa).

Si un descendiente se dedicaba a otro oficio que no fuese el de sus padres, debía encontrarse en un escalafón más alto, laboral y económicamente. Entre las familias más conservadoras no estaba bien visto que un vástago trabajase en oficios alternativos o distintos a los tradicionales (como ejemplo, en la serie tenemos a Nicolás, trabajando en películas a pesar del disgusto que ocasiona a su madre).

En el caso de las niñas, su destino estaba muchísimo más limitado en el terreno laboral. Eran escasos los oficios a los que podían aspirar; lo normal era que fuesen cocineras, doncellas o camareras. Si una joven aspiraba a trabajar en un lugar diferente, se exponía a ser mal vista y criticada por su familia y vecinos. Se daba el caso de mujeres sin posibilidades económicas que no tenían más remedio que ejercer en burdeles, convirtiéndose en parias para la sociedad.

En aquellos años no había ninguna ley que legislase los derechos de la mujer. Únicamente dependían de su padre o marido, y no podían hacer nada sin su consentimiento. No sería hasta 1931, año en que dio comienzo la República, cuando las mujeres comenzarían a actuar libremente. En el ámbito laboral, algunas se resignaban a ser amas de casa toda su vida debido a estas restricciones.

Cada tarde la plaza de Puente Viejo se llena de carros y cachivaches que intentan hacer la vida de sus habitantes mucho más fácil. Aunque a veces no se trata del producto, sino del servicio prestado. Unas pocas palabras, un halago discreto, una sonrisa, hacen feliz a algún personaje. Y es que no importa tanto lo que se vende como quién lo vende. Al final cada comerciante o empresario ofrece aquello que mejor sabe hacer: su trabajo.